Es por eso, y solo por eso, que puedo decir orgullosamente que, al menos, tuve las mejores intenciones de amar, y que todo lo que sentí fue el más verdadero de los amores de verano que alguna vez existieron. Lo demuestran los escalofríos que me dan cuando recuerdo los abrazos que me dabas, tan cálidos y reconfortantes. También son prueba de ello la ausencia total de las taquicardias que se correspondían con cada roce de tus labios, algo que nunca, lo juro por Dios, he vuelto a sentir por nadie. Nadie más, hasta ahora, logró que prefiriera morir ahogado sin oxígeno solo porque no tenía la voluntad suficiente de detener un beso.
¿Cómo, entonces, olvidarme de todo eso, y más?. ¿No es mejor sufrir un poco, pero recordar una felicidad tan grande como la que me hacía sentir él?. Me es inevitable apelar a un método aparentemente masoquista, pero no es así. No siento dolor porque me gusta sufrir. Lo recibo casi gustosamente porque me recuerda lo feliz que fui con él.




